- Una infraestructura TI olvidada provoca lentitud, vulnerabilidades y costes ocultos que lastran el negocio.
- Modernizar no es solo cambiar hardware: implica rediseñar capas, seguridad, continuidad y modelo de gobierno.
- Modelos híbridos, TPM, SPaaS e ITAD permiten actualizar de forma escalonada y optimizar la inversión.
- Con principios claros de escalabilidad, resiliencia y automatización, la infraestructura pasa de ser un lastre a un acelerador estratégico.
En muchas empresas la infraestructura de TI olvidada se ha convertido en un problema silencioso: todo parece funcionar “más o menos”, pero cada día hay pequeños fallos, lentitud y parches que se acumulan. Esa sensación de ir siempre apagando fuegos es la prueba de que la tecnología ha dejado de ser un motor y se ha convertido en un freno para el negocio.
Cuando servidores, redes, sistemas de seguridad o aplicaciones críticas se quedan desfasados, no solo se pierde productividad: también se disparan los riesgos de ciberataques, se incumplen normativas y se encarece el mantenimiento, rompiendo el ciclo de vida de un sistema informático. En este artículo vamos a desgranar, con detalle, cómo detectar una infraestructura TI obsoleta y olvidada, qué efectos reales tiene sobre el día a día, qué opciones existen para modernizarla (sin arruinar el presupuesto) y cómo diseñar una arquitectura preparada para los próximos años.
Qué entendemos por infraestructura de TI y por qué se queda “olvidada”
La infraestructura de TI es mucho más que unos cuantos servidores y ordenadores: es el sistema nervioso tecnológico de la empresa, responsable de que las aplicaciones de negocio funcionen, los datos estén disponibles y la organización pueda innovar sin pararse cada dos por tres.
Cuando hablamos de infraestructura incluimos la capa física (servidores, almacenamiento, electrónica de red), la capa de virtualización (hipervisores, contenedores y orquestadores), la capa de servicios (sistemas operativos, bases de datos, middleware), la capa de seguridad (firewalls, IDS/IPS, gestión de identidades) y todo lo relativo a continuidad de negocio (copias de seguridad, recuperación ante desastres, observabilidad y monitorización).
El problema es que estas capas no envejecen al mismo ritmo, y es muy fácil que se vaya posponiendo su actualización “para cuando haya tiempo o presupuesto”. Con los años, muchas compañías terminan con una infraestructura de TI envejecida, llena de sistemas heredados, soluciones que ya no se actualizan, hardware fuera de soporte y configuraciones que nadie se atreve a tocar por miedo a que todo se caiga.

Señales claras de que tu infraestructura TI está obsoleta
Una de las señales más evidentes de una infraestructura tecnológica desfasada es el rendimiento pobre o inconsistente. Equipos que tardan una eternidad en arrancar, aplicaciones que se quedan colgadas, tiempos de respuesta eternos en bases de datos o caídas periódicas del sistema son indicadores de que el entorno ya no da más de sí.
Otra señal habitual es la falta de escalabilidad. Cuando la empresa crece, incorpora usuarios, nuevas aplicaciones o más volumen de datos, una infraestructura obsoleta se ahoga: no soporta más carga, la red se satura, el almacenamiento se queda corto y cualquier pico de actividad provoca cuellos de botella y paradas imprevistas.
Las vulnerabilidades de seguridad son quizá el riesgo más crítico. Sistemas operativos sin soporte, aplicaciones que ya no reciben parches, firmware desactualizado o antivirus que no se renuevan convierten la infraestructura en un objetivo fácil para ransomware, malware y filtraciones de datos. Organismos como INCIBE alertan de que el uso de software sin soporte es uno de los errores más frecuentes en pymes y uno de los que más brechas graves provoca; para reducir estos riesgos consulta el checklist personal de ciberseguridad.
También es típico que se disparen los costes ocultos de mantenimiento: horas de soporte técnico para “resucitar” servidores antiguos, piezas difíciles de encontrar, renovaciones de emergencia, servicios externos de urgencia… Lo que parecía un ahorro por aguantar equipos viejos se convierte en una factura constante y descontrolada.
Por último, aparecen problemas de cumplimiento normativo y gobernanza: sistemas que no permiten aplicar políticas de seguridad modernas, dificultades para rastrear quién accede a qué, falta de trazabilidad en logs, o incapacidad para adaptarse a normativas como RGPD o regulaciones sectoriales específicas. Todo ello sin olvidar que las tecnologías viejas suelen integrarse mal con nuevas herramientas de colaboración, analítica o movilidad, frenando la innovación y la comunicación entre departamentos.

Impacto real de seguir trabajando con tecnología desfasada
Seguir tirando con una infraestructura TI olvidada no solo es una molestia técnica, sino un lastre de negocio. La primera consecuencia es la pérdida directa de productividad: empleados que esperan a que se abran los programas, equipos que se reinician a media jornada, procesos que fallan justo en el cierre de mes… cada minuto perdido se traduce en dinero y frustración.
El segundo impacto es el riesgo de ciberseguridad. Un solo ataque de ransomware Pysa sobre un servidor sin parches puede cifrar datos críticos, paralizar la actividad durante días y obligar a negociar con criminales o a asumir una pérdida masiva de información. Además, una brecha de datos personales puede conllevar sanciones importantes por parte de las autoridades de protección de datos, daños reputacionales y pérdida de confianza de clientes y socios.
A esto se suman los costes económicos indirectos: más consumo energético por equipos ineficientes, necesidad de contratar soporte muy especializado para tecnologías antiguas, renovación forzada de hardware cuando algo crítico se rompe sin repuesto disponible, o inversiones apresuradas en soluciones puntuales que parchean pero no resuelven el fondo del problema.
Otro efecto menos visible es la incapacidad de escalar o innovar. Quieres lanzar un nuevo servicio digital, introducir analítica avanzada, adoptar inteligencia artificial en tus procesos o dar acceso remoto seguro (protocolo IKEv2) a toda la plantilla… y de repente descubres que tu red, tus servidores o tus sistemas de seguridad no están preparados para ello. La competencia avanza y tú sigues atado a tu legacy.
Por último, una infraestructura desfasada dificulta la colaboración interna y externa: incompatibilidades con software moderno, imposibilidad de integrar herramientas en la nube, problemas para conectar con clientes o proveedores a través de APIs o servicios web… todo eso hace que la empresa parezca “anticuada” y menos atractiva a nivel tecnológico.

Capa a capa: cómo debería ser una infraestructura TI moderna
Para salir del círculo vicioso de la infraestructura TI obsoleta conviene entender cómo se diseña hoy un entorno tecnológico moderno y alineado con la estrategia corporativa. No se trata solo de “ponerlo todo en la nube” o de comprar servidores nuevos, sino de articular bien todas las capas.
En la capa física, lo habitual es combinar servidores de propósito general con soluciones de almacenamiento definidas por software (como Ceph o vSAN), redes bien segmentadas y, según el caso, equipos en data center propio y recursos de cloud pública. La infraestructura física actual prioriza eficiencia energética, densidad de cómputo y redundancia de componentes críticos.
En la capa de virtualización, hipervisores como VMware o KVM permiten consolidar cargas, mientras que contenedores y orquestadores tipo Kubernetes aportan elasticidad, despliegues rápidos y mejor aprovechamiento de recursos. Esto favorece la escalabilidad horizontal, es decir, crecer añadiendo nodos en lugar de sobredimensionar un único servidor.
La capa de servicios incluye sistemas operativos modernos, bases de datos actualizadas, middleware bien gestionado y, cada vez más, servicios gestionados de la nube (bases de datos as a service, colas de mensajería, funciones serverless) que descargan al equipo interno de tareas pesadas de administración.
En la capa de seguridad ya no vale con un simple firewall perimetral; se complementa con soluciones como Cloudflare y se apuesta por modelos Zero Trust (no confiar jamás por defecto), segmentación fuerte de redes, cifrado end-to-end, gestión centralizada de identidades (IAM, SSO, MFA), sistemas de detección y respuesta ante intrusiones y políticas coherentes de acceso mínimo necesario.
Por último, la capa de continuidad y observabilidad se apoya en copias de seguridad fiables (idealmente inmutables para resistir ransomware), replicación geográfica, planes claros de recuperación ante desastres (con RPO y RTO definidos y probados) y plataformas de monitorización avanzada (Prometheus, Grafana, ELK, etc.) que no solo vigilan la salud técnica, sino también KPIs de negocio.
Modelos de despliegue: on-premise, nube pública o entorno híbrido
Uno de los debates más frecuentes al abordar la modernización de la infraestructura TI es dónde ubicar las cargas de trabajo: todo en casa, todo en la nube o una combinación de ambas. No hay una única respuesta válida, pero sí criterios que ayudan a decidir.
El modelo on-premise sigue teniendo sentido cuando hay requisitos de latencia ultra baja, regulaciones estrictas, datos muy sensibles o dependencia de hardware específico. Ofrece control total, pero implica asumir una inversión inicial (CAPEX) elevada y disponer de personal interno con un alto nivel de especialización.
La nube pública (AWS, Azure, Google Cloud, etc.) aporta elasticidad, servicios gestionados y despliegues mucho más rápidos. Permite pasar parte del coste a un modelo de pago por uso (OPEX) y reducir mucho la complejidad de la infraestructura propia, a costa de asumir cierta dependencia del proveedor y de diseñar bien el control de costes para evitar sorpresas.
El modelo más extendido en grandes organizaciones es la infraestructura híbrida: combinar cargas críticas on-premise con recursos elásticos en la nube para picos de demanda, entornos de pruebas, servicios web externos o recuperación ante desastres. La clave está en garantizar interoperabilidad, seguridad coherente y una gobernanza que evite terminar con “dos mundos” desconectados.
En paralelo, aparece el edge computing, que acerca capacidad de cómputo al lugar donde se generan los datos (fábricas, dispositivos y redes IoT, vehículos conectados, etc.) para reducir la latencia y mejorar la experiencia en aplicaciones de tiempo real, integrándose tanto con el on-premise clásico como con la nube pública.
Errores típicos al modernizar una infraestructura TI olvidada
Cuando por fin se decide abordar una renovación de la infraestructura TI, es fácil tropezar con algunos errores muy habituales. Uno de los más comunes es lanzarse a comprar hardware o contratar servicios cloud sin haber hecho antes un assessment serio del estado actual, las dependencias entre sistemas y los acuerdos de nivel de servicio (SLA) necesarios.
Otro fallo recurrente es sobredimensionar la parte física pensando que más potencia siempre es mejor, ignorando que la virtualización y la nube permiten escalar de forma elástica. Esto acaba en racks llenos de servidores infrautilizados pero que siguen consumiendo energía y generando costes.
También se suele dejar la seguridad para el final, como si fuera un añadido que se coloca una vez montado todo lo demás. Este enfoque reactivo conduce a parches, configuraciones incoherentes y huecos que los atacantes saben aprovechar. La seguridad tiene que estar integrada desde el diseño (Zero Trust, segmentación, cifrado, DevSecOps, etc.).
Un cuarto error es no tener en cuenta la observabilidad. Montar infraestructura sin pensar cómo se va a monitorizar, qué métricas de negocio se quieren seguir y cómo se van a correlacionar eventos termina en entornos opacos en los que solo se ve el problema cuando los usuarios empiezan a quejarse.
Por último, muchas empresas arrancan proyectos ambiciosos sin un modelo de gobierno claro, lo que lleva a una mezcla caótica de tecnologías, proveedores y procedimientos. Sin estándares mínimos, catálogo de servicios y roles bien definidos, la infraestructura se vuelve difícil de manejar y casi imposible de escalar con orden.
Costes, financiación y mantenimiento inteligente de la infraestructura
Una preocupación lógica al hablar de modernizar una infraestructura TI obsoleta es el coste. No todas las empresas pueden permitir grandes inversiones de golpe, y aquí entran en juego modelos financieros y de mantenimiento alternativos que permiten avanzar sin descuadrar el presupuesto.
Por un lado, las soluciones de leasing o renting tecnológico facilitan renovar hardware de forma escalonada, pagando cuotas periódicas en lugar de comprar en bloque. Esto ayuda a adaptar el ritmo de actualización al flujo de caja y evita quedarse atascado muchos años con los mismos equipos por haber hecho una compra muy grande en el pasado.
Por otro lado, el mantenimiento de terceros (TPM) es una opción cada vez más usada para alargar de forma controlada la vida útil de determinados equipos más allá del fin de soporte del fabricante (EOSL). Firmas especializadas pueden ofrecer repuestos, soporte y monitorización continua, reduciendo costes hasta en un 70 % frente al mantenimiento oficial y contribuyendo además a frenar los residuos electrónicos.
Modelos como Spare as a Service (SPaaS) ponen a disposición repuestos reacondicionados de alta calidad, incluidos componentes ya descatalogados, para centros de datos principales o de respaldo. De esta forma, cuando falla un elemento de hardware se sustituye con rapidez, reduciendo el tiempo de inactividad sin necesidad de renovar toda la plataforma.
A la vez, los servicios de Disposición de Activos TI (ITAD) garantizan que, cuando un equipo llega al final de su ciclo de vida, se elimina de forma segura (borrado o destrucción de datos) y respetando la normativa y el medio ambiente. Este punto suele pasarse por alto, pero es clave para evitar fugas de información en hardware supuestamente retirado.
Seguridad avanzada: cuando la infraestructura es objetivo
En un contexto de ciberamenazas crecientes, la infraestructura TI en sí misma se ha convertido en objetivo prioritario, incluidos ataques contra dispositivos IoT como botnets IoT. No hablamos solo de ransomware o phishing, sino de ataques sofisticados que tratan de romper incluso los mecanismos de seguridad del hardware más avanzado.
Los entornos de ejecución de confianza (TEE), como Intel Software Guard eXtensions (SGX) o AMD Secure Encrypted Virtualization (SEV), están diseñados para proteger datos sensibles incluso si el sistema operativo está comprometido. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que, con acceso físico al servidor y técnicas muy especializadas, es posible interceptar y manipular el tráfico entre CPU y memoria para intentar descifrar esa información.
Un ejemplo es el ataque conocido como WireTap, donde un equipo de investigadores estadounidenses logró explotaciones prácticas contra Intel SGX mediante la interposición de hardware en el bus DRAM. Mediante un analizador lógico y un adaptador soldado a medida, consiguieron capturar datos cifrados que viajaban entre procesador y módulos DDR4, ralentizando la memoria para hacer viable el espionaje.
En paralelo, el experimento Battering RAM llevado a cabo por investigadores de Bélgica y Reino Unido consiguió con un presupuesto mínimo (unos 50 euros) y una placa basada en Raspberry Pi Pico alterar temporalmente líneas de dirección de la RAM. Con ello creaban duplicados de datos cifrados en ubicaciones accesibles, llegando a comprometer tanto Intel SGX como AMD SEV y su extensión SEV-SNP, pensada para proteger máquinas virtuales frente a cambios maliciosos en memoria.
Aunque estos ataques físicos no son triviales ni frecuentes en entornos reales, muestran que la seguridad de la infraestructura debe revisarse de forma continua y con auditorías independientes. Fabricantes como Intel y AMD insisten en que su modelo de amenaza no contempla atacantes con control físico total, pero la reducción de los costes de estos experimentos amplía el abanico de actores que podrían intentarlo frente a objetivos de alto valor.
Principios de diseño para una infraestructura resiliente y preparada
Para evitar que tu entorno vuelva a convertirse en una infraestructura de TI olvidada a los pocos años, es clave definir desde el inicio una serie de principios que guíen cualquier decisión tecnológica. Sin ese marco, es muy fácil volver a caer en el caos de sistemas parches e incoherentes.
El primer principio es la escalabilidad real, tanto vertical (más recursos a un nodo) como horizontal (añadir nuevos nodos). La arquitectura debe diseñarse pensando en elasticidad, de forma que dar servicio a más usuarios o cargas no suponga rehacerlo todo desde cero.
El segundo es la disponibilidad y resiliencia: asumir que los fallos van a ocurrir y preparar el entorno para que los soporte sin tumbar el negocio. Aquí entran en juego la alta disponibilidad (HA), la redundancia geográfica, la segmentación y los planes claros de recuperación ante incidentes.
El tercero es tratar la seguridad como pilar de diseño y no como accesorio. Modelos Zero Trust, segmentación estricta de redes, cifrado de datos en tránsito y en reposo, controles de identidad robustos y cumplimiento normativo no pueden quedarse fuera del plano inicial de arquitectura.
El cuarto principio es apostar por la automatización y la observabilidad. Infrastructure as Code (con herramientas como Terraform o Ansible), pipelines CI/CD para despliegues repetibles y plataformas de monitorización que conecten métricas técnicas con indicadores de negocio ayudan a operar entornos complejos sin volverse locos.
Finalmente, conviene adoptar un enfoque modular y abierto, que permita introducir nuevas tecnologías (por ejemplo, IA aplicada a operaciones, AIOps, o nuevas soluciones de edge) sin reescribir toda la arquitectura. Esto reduce el riesgo de quedar atado de pies y manos a un único proveedor o a una única plataforma.
Cómo empezar: assessment, prioridades y equipo humano
Si sospechas que tu empresa arrastra una infraestructura TI envejecida, el primer paso no es comprar nada, sino entender bien qué tienes. Un assessment independiente, realizado por personal interno o por un socio externo sin sesgo hacia una marca concreta, te dará una fotografía clara de activos, dependencias, riesgos y oportunidades.
A partir de ahí, lo sensato es priorizar por impacto y riesgo: qué sistemas suponen más peligro de seguridad, cuáles provocan más pérdida de productividad, qué elementos son imprescindibles para el cumplimiento normativo y qué piezas pueden aguantar un poco más con un buen TPM o un plan de actualización parcial.
También es vital contar con un equipo preparado. Por muy moderna que sea la arquitectura, será tan robusta como la experiencia de quienes la operan. Invertir en formación, certificaciones y tiempo para que el equipo pueda experimentar y mejorar procesos es tan importante como la compra de hardware o servicios cloud.
Además, merece la pena definir desde el inicio métricas claras de éxito: disponibilidad objetivo, tiempos de recuperación, costes por usuario o por servicio, rendimiento mínimo aceptable, satisfacción del usuario interno, etc. Sin estos indicadores es imposible saber si la modernización está dando el resultado esperado.
Cuando la infraestructura se planifica, se gobierna y se mantiene con criterio, deja de ser ese problema del que solo se acuerda la dirección cuando algo se rompe, y pasa a convertirse en un habilitador real del negocio, capaz de sostener la innovación, absorber cambios y resistir incidentes sin tambalearse.