Trucos de software Linux para exprimir tu distro como un experto

Última actualización: enero 27, 2026
Autor: Pixelado
  • Dominar la terminal, los permisos y la gestión de procesos es clave para aprovechar el software en Linux al máximo.
  • Una instalación bien pensada con particiones separadas, cifrado y repositorios fiables mejora seguridad y estabilidad.
  • Evitar scripts de terceros, mezclas de escritorios y toques peligrosos en GRUB previene gran parte de los problemas típicos.
  • Elegir la distro adecuada (como Ubuntu para empezar o Arch para usuarios avanzados) permite adaptar Linux a cada nivel de experiencia.

Trucos de software Linux

Dominar Linux no va solo de instalar una distribución y ponerse a trastear con el escritorio. El verdadero potencial del sistema aparece cuando entiendes sus herramientas, su terminal, la gestión de permisos y algunos trucos de software muy concretos que marcan la diferencia entre un uso básico y uno realmente profesional.

Si vienes de Windows o macOS, es fácil sentirse algo perdido al principio. La cantidad de comandos, opciones de configuración, escritorios distintos y pequeñas «manías» del ecosistema Linux puede abrumar, pero también es lo que lo hace tan potente y flexible. En las próximas líneas vas a encontrar una guía extensa, en español de España y con un enfoque muy práctico, para sacarle jugo a tu distro sin meter la pata por el camino.

Domina la terminal: el corazón de los trucos de software en Linux

En casi cualquier distro moderna, el escritorio es muy amigable, pero el terminal sigue siendo la herramienta más rápida y directa para administrar el sistema, automatizar tareas y resolver problemas. Cuanto antes te familiarices con él, antes notarás el salto de productividad.

Para empezar, conviene manejar los comandos básicos de navegación. Con cd cambias de directorio, por ejemplo cd /home/usuario/Documentos te lleva a tu carpeta de documentos, mientras que con cd ~ vuelves directamente a tu directorio personal sin complicarte.

El siguiente imprescindible es ls, que lista el contenido del directorio actual. Si añades opciones como ls -l obtendrás información extra como permisos, tamaño y propietario de los archivos, algo crucial cuando empiezas a jugar con scripts, binarios y configuraciones del sistema.

Para buscar información dentro de archivos de texto, pocos comandos son tan útiles como grep. Un ejemplo clásico sería grep "texto" archivo.txt, que mostrará todas las líneas que contengan la palabra indicada, ideal para revisar logs, configuraciones extensas o resultados de otros comandos.

Si quieres practicar un flujo sencillo en consola, puedes hacer una pequeña «rutina de calentamiento»: abre una terminal, ve a tu carpeta personal con cd ~, crea una nueva carpeta con mkdir MiCarpeta y entra en ella usando cd MiCarpeta. Después, crea un archivo con echo "Hola, Linux!" > archivo.txt, lista su contenido con ls y busca la palabra «Hola» con grep "Hola" archivo.txt.

Cuando empieces a sentirte cómodo con esta forma de trabajar, verás que lanzar aplicaciones, revisar configuraciones o hacer pequeños scripts desde la terminal es mucho más rápido que navegar por menús gráficos, sobre todo si usas atajos como Ctrl + Alt + T para abrirla al instante.

Terminal y atajos en Linux

Seguridad, permisos y procesos: controla qué hace tu sistema

Una de las grandes bazas de Linux es su modelo de seguridad. El sistema de usuarios, grupos y permisos hace que cada archivo o carpeta tenga muy claro quién puede leer, escribir o ejecutar, lo que aporta mucha tranquilidad si se gestiona bien.

El comando chmod es el clásico para ajustar permisos. Al ejecutar algo como chmod 755 archivo.sh estarás permitiendo que el propietario lea, escriba y ejecute, mientras que el resto solo podrá leer y ejecutar, una combinación muy típica para scripts y programas propios.

Junto a él está chown, que sirve para cambiar el propietario y el grupo de un archivo. Si escribes sudo chown nuevo_usuario:nuevo_grupo archivo.txt, reasignas totalmente la propiedad del fichero, algo útil al mover datos entre usuarios o al corregir permisos tras cambiar configuraciones.

Para ver qué se está ejecutando en tu máquina en tiempo real, top es un viejo conocido. Con este comando ves procesos, consumo de CPU, memoria y otros recursos, lo que te ayuda a detectar qué está ralentizando tu equipo o si tienes algún servicio descontrolado en segundo plano.

Si quieres ir más allá, existe una alternativa bastante más cómoda: htop ofrece una vista mucho más visual de los procesos y demonios (daemons) del sistema, permitiéndote filtrar y matar procesos sin estar memorizando atajos extraños. Es especialmente recomendable para usuarios que ya se consideran algo avanzados.

Un buen ejercicio para entender este mundo es crear un script sencillo y hacerlo ejecutable. Con echo "echo 'Este es un script!'" > script.sh generas un archivo de script, luego con chmod +x script.sh le das permiso de ejecución y finalmente lo lanzas con ./script.sh. Después abre top o htop y observa cómo aparece el proceso mientras se ejecuta.

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En este contexto cobra especial importancia el usuario root. Root (o superusuario) tiene acceso completo al sistema, y lo habitual es invocarlo de forma puntual usando sudo delante de los comandos, en lugar de iniciar sesión directamente como root. Eso sí, asegúrate de que la contraseña asociada a esta cuenta sea fuerte, porque un atacante con acceso a root puede dejar tu equipo temblando.

Personalización del escritorio y del entorno de trabajo

Más allá de la línea de comandos, Linux destaca por su capacidad para adaptarse a tu gusto. Puedes elegir entre múltiples entornos de escritorio (GNOME, KDE Plasma, XFCE, etc.), cada uno con su propio estilo visual, consumo de recursos y forma de trabajar, lo que te permite cuadrar el sistema con tu forma de usar el PC.

Ubuntu, por ejemplo, ha ganado fama precisamente por eso: ofrece una interfaz intuitiva, una comunidad enorme y una integración de herramientas que la hacen atractiva tanto para usuarios novatos como para perfiles más técnicos. Todo ello sobre la base sólida de Debian y con predominio de software libre y de código abierto.

Si quieres cambiar de aire, puedes instalar otro entorno con el gestor de paquetes de tu distro. En Ubuntu, por ejemplo, bastaría con algo tipo sudo apt install xfce4 para disponer del escritorio XFCE, ligero y muy configurable. Luego podrás escogerlo en la pantalla de inicio de sesión y probar cuál encaja mejor contigo.

La personalización también pasa por los temas visuales, iconos y fuentes. Modificar estos aspectos desde la configuración del entorno de escritorio no solo mejora la estética, sino que también puede hacer más cómoda la lectura y la navegación, especialmente si pasas muchas horas delante de la pantalla.

Un punto muy útil para el día a día son los atajos de teclado. Configurar combinaciones para abrir tu editor favorito, el navegador, la terminal o tomar capturas de pantalla puede ahorrarte tiempo a largo plazo. En la mayoría de escritorios, estos ajustes están en el panel de «Teclado» o «Atajos» del sistema.

Conviene, eso sí, evitar mezclar entornos de escritorio a lo loco. Instalar a la vez GNOME, KDE y otros escritorios en la misma sesión puede generar mezclas raras de estilos, ventanas y dependencias, hasta el punto de que la solución más limpia vuelva a ser reinstalar la distribución desde cero.

Instalación de Linux con cabeza: particiones, cifrado y estabilidad

Uno de los errores más comunes cuando se aterriza en el mundo Linux es aceptar sin pensar el particionado por defecto. Aunque muchas distros instalan todo en una sola partición, suele ser más recomendable separar puntos de montaje como /, /home, /boot, /tmp y el espacio de intercambio (swap).

Este enfoque modular te permite, por ejemplo, actualizar o reinstalar el sistema operativo manteniendo intactos tus archivos personales en /home. También puedes crear una partición independiente para el arranque (/boot), lo que facilita reparaciones en caso de que el gestor GRUB se corrompa o tengas un arranque dual delicado.

Si te preocupa la privacidad, el cifrado de disco es tu aliado. La idea más sensata suele ser cifrar las particiones donde se guarden datos sensibles, especialmente /home, y dejar sin cifrar las partes puramente de sistema, ya que no contienen información personal y así se mantiene mejor el rendimiento.

Otro punto clave para no sufrir disgustos es la elección de la versión de tu distro. Para empezar, es muy recomendable apostar por ediciones estables (LTS en el caso de Ubuntu, Stable en Debian, etc.) antes que por ramas de desarrollo o repositorios inestables, que pueden traer fallos o romper dependencias en el peor momento.

En relación con esto, conviene ser prudente a la hora de añadir repositorios extra. Cuantos más orígenes de software desconocidos agregues, más probabilidades hay de que aparezcan problemas de seguridad, conflictos de versiones o inestabilidad general. Lo ideal es añadir solo los repos que realmente necesites y que conozcas mínimamente.

Buenas prácticas con repositorios, paquetes y scripts de terceros

La gestión del software es otro terreno donde Linux brilla… si se hace bien. Siempre que puedas, prioriza los repositorios oficiales de tu distribución y las tiendas integradas (como la de Ubuntu o las de Fedora y derivados), porque están probados y mantenidos de forma centralizada.

Instalar paquetes .deb, .rpm u otros ejecutables descargados desde webs aleatorias puede salir muy caro. Aunque Linux es más robusto frente a malware que otros sistemas, siempre existe el riesgo de toparte con un instalador malicioso o mal testado, que arrastre dependencias raras o incluya código dañino.

En la misma línea, evita por norma general los scripts y asistentes mágicos de terceros que prometen «instalarlo todo» o «optimizar» tu distro en un clic. Herramientas de este tipo pueden tocar kernels, repositorios y configuraciones críticas con demasiada alegría, y si algo sale mal, arreglarlo puede ser una pesadilla.

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Otro clásico a evitar son las aplicaciones de «limpieza del sistema» y «desfragmentadores». Los sistemas de archivos modernos en Linux, como EXT4, ya gestionan muy bien la fragmentación, por lo que no es necesario (ni recomendable) desfragmentar el disco, y menos aún si se trata de una unidad SSD, donde ese uso abusivo puede acortar la vida del dispositivo.

En cuanto a las herramientas de limpieza, si no sabes exactamente qué estás borrando, más vale dejarlas de lado. Algunas pueden eliminar componentes fundamentales para el funcionamiento de la distro, dejando el sistema inestable o directamente inservible. Lo mejor es aprender a limpiar lo justo (cachés de paquetes, temporales, etc.) usando las herramientas oficiales y documentadas.

GRUB, arranque y gestión de demonios: lo que no debes romper

GRUB, el gestor de arranque más habitual en Linux, es una pieza delicada del sistema. Tocar su configuración a ciegas, ya sea editando archivos en /etc/grub.d o usando utilidades gráficas de terceros, puede acabar en un sistema que ya no arranca, obligándote a usar un live USB para reparar el desastre.

Si en algún momento necesitas personalizar GRUB (por ejemplo, para cambiar la distro que arranca por defecto, ajustar tiempos de espera o añadir parámetros al kernel), lo ideal es documentarte bien y seguir una guía fiable, entendiendo qué hace cada cambio antes de aplicarlo. Más vale invertir diez minutos en leer que perder la mañana rescatando datos.

Por otro lado, Linux se apoya en una colección de servicios y demonios (daemons) que se ejecutan en segundo plano. Estos procesos son los que permiten que el sistema de red funcione, que se monten discos, que el entorno gráfico arranque y, en general, que todo el sistema se mantenga en marcha, dando soporte a las tarjetas de red (NIC).

Si no tienes control sobre estos demonios, tu distro puede acabar arrancando servicios innecesarios que consumen recursos o, peor aún, dejando sin iniciar los que realmente necesitas. Herramientas como htop o los gestores de servicios integrados en systemd te permiten revisar qué se está ejecutando y deshabilitar lo que sobra, siempre con precaución.

En caso de duda, es mejor investigar el nombre de un servicio antes de desactivarlo. Deshabilitar un demonio crítico sin saber para qué sirve puede dejarte sin red, sin interfaz gráfica o con comportamientos extraños en el sistema, algo que se evita fácilmente leyendo un par de líneas de documentación.

Root, sudo y el arte de no romper tu Linux

El control granular de permisos es una de las capas de seguridad más importantes de Linux. La idea es que el usuario normal trabaje sin privilegios de administrador y solo los eleve de forma puntual usando herramientas como sudo, su o sus variantes gráficas.

Abusar de estos privilegios es una receta segura para liarla. Ejecutar constantemente aplicaciones como administrador o montar sesiones enteras con permisos de root aumenta el riesgo de borrar, modificar o sobrescribir archivos fundamentales del sistema, a veces sin posibilidad de recuperación sencilla.

La filosofía habitual es clara: permisos de admin, solo cuando realmente hagan falta. Si una tarea se puede hacer desde tu usuario normal, no hay motivo para anteponer un sudo por costumbre, ya que eso solo amplifica el impacto potencial de cualquier error o fallo del programa.

Al mismo tiempo, tampoco tiene sentido vivir con miedo a root. Aprender a usar sudo y entender bien qué comandos requieren privilegios especiales te permite administrar tu sistema con soltura, sin depender de asistentes automáticos. Eso sí, siempre con la contraseña de root bien protegida y sin compartirla alegremente.

En entornos más avanzados, es posible incluso ajustar qué usuarios pueden usar sudo y con qué limitaciones, pero para la mayoría de personas basta con mantener la mentalidad de «mínimo privilegio necesario» al trabajar con el sistema, y revisar dos veces lo que vas a ejecutar antes de pulsar Intro.

Automatización, terminal avanzada y scripts en Linux

Uno de los saltos naturales cuando ya controlas la terminal básica es empezar a automatizar tareas. Herramientas como cron permiten programar la ejecución de scripts a horas o intervalos concretos, lo que es perfecto para copias de seguridad, sincronizaciones, limpiezas de logs o tareas de mantenimiento.

Para configurar tus tareas programadas, puedes usar crontab -e, que abre el archivo de configuración del usuario actual. Una línea típica para ejecutar un script todos los días a las 2 de la mañana podría ser 0 2 * * * /ruta/a/tu/script.sh, siempre asegurándote de que el script tenga permisos de ejecución.

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Cuando termines de editar, guarda el archivo y sal del editor. Puedes comprobar las tareas registradas con crontab -l, que te mostrará todas las entradas activas para tu usuario. Es una forma sencilla de verificar que todo está como debería antes de olvidarte del asunto.

Otra pieza clave en la caja de herramientas avanzada es ssh. Este protocolo te permite conectarte de forma segura a otros equipos Linux, ya sean servidores remotos o máquinas de tu red local, ideal para administración remota, despliegue de servicios o simplemente para usar la terminal de otros sistemas como si estuvieras delante, o usar herramientas gráficas como TeamViewer.

La automatización se completa con el uso de scripts de shell, normalmente en Bash. Con unos pocos comandos encadenados, puedes construir pequeños programas que renombren archivos por lotes, procesen datos o ajusten configuraciones en varias máquinas, multiplicando la eficiencia de tus tareas diarias.

Ubuntu, otras distros y el salto a sistemas más avanzados

Dentro del ecosistema Linux hay sabores para todos los gustos. Algunas distribuciones son muy ligeras y minimalistas, otras vienen cargadas de software y herramientas gráficas, y otras buscan un equilibrio entre facilidad de uso y flexibilidad, por lo que elegir la adecuada depende mucho de tu perfil.

Ubuntu se ha consolidado como una de las distros más populares precisamente por esa mezcla. Basada en Debian, combina un instalador sencillo, una experiencia de escritorio amigable y una enorme comunidad de soporte, lo que la hace ideal como puerta de entrada para quienes llegan desde Windows.

Si has dado el salto e instalado Ubuntu, merece la pena dedicar tiempo a explorar sus rincones. Conocer bien el Centro de software, los ajustes del sistema, los atajos del escritorio y la forma en que gestiona paquetes te permitirá sacarle el máximo rendimiento y evitar sorpresas innecesarias.

Con la práctica, muchos usuarios descubren que Ubuntu no solo es una alternativa real a Windows, sino que se convierte en su herramienta principal para trabajo diario, desarrollo de software o incluso administración de servidores. El sistema es robusto, versátil y se adapta bien a multitud de escenarios.

Cuando ya te sientes realmente cómodo, puede que te pique la curiosidad por distros más «puras» o minimalistas, como Arch Linux o Gentoo. Estos sistemas requieren una configuración mucho más manual, donde eliges prácticamente cada componente y aprendes a fondo cómo se construye tu entorno, a cambio de un control y rendimiento finísimos.

Errores típicos de usuarios novatos y cómo evitarlos

Es muy fácil caer en ciertas trampas al empezar, sobre todo si vienes con hábitos heredados de otros sistemas. Uno de los fallos más habituales es abusar de repositorios y PPA adicionales sin saber exactamente qué añaden, lo que acaba derivando en conflictos de versiones o en una mezcla poco sana de paquetes.

Otro error clásico es instalar cualquier paquete descargado de Internet solo porque «parece útil». Archivos .deb, .rpm o binarios sin firmar de fuentes dudosas pueden traerte quebraderos de cabeza, desde instalaciones incompletas hasta software potencialmente malintencionado.

También es frecuente que los recién llegados sientan la tentación de «limpiar» el sistema borrando aplicaciones preinstaladas que no usan. En muchas distros, especialmente en Ubuntu o Linux Mint, estos programas forman parte del núcleo del escritorio y dependen de bibliotecas compartidas, de modo que eliminarlos puede arrastrar otros componentes críticos.

Hay quien intenta aplicar al pie de la letra costumbres de otros sistemas, como usar desfragmentadores o herramientas agresivas de «optimización». En discos con EXT4 o en SSD, esas prácticas no solo son innecesarias, sino que pueden dañar el rendimiento o acortar la vida útil de la unidad, así que conviene olvidarse de ellas.

Por último, algunos usuarios tocan GRUB, los archivos de arranque o las opciones de kernel sin saber muy bien qué hacen. Estos ajustes pueden dejar tu instalación inservible si se configuran mal, por lo que es mejor seguir guías válidas o, si no lo ves claro, dejarlo tal cual viene hasta que lo entiendas de verdad.

Con todo lo anterior en mente, y apoyándote en la comunidad y la documentación oficial, es bastante fácil ir subiendo de nivel en Linux sin tropezar con los mismos errores de siempre. Cuando dominas la terminal, entiendes los permisos, cuidas los repositorios y sabes qué no tocar, el sistema deja de parecer un terreno hostil y se convierte en una herramienta potente, estable y hecha a tu medida, donde cada truco de software que aprendes te ahorra tiempo y te da aún más control sobre tu equipo.

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