Computación cuántica: qué es, cómo funciona y para qué sirve

Última actualización: marzo 7, 2026
Autor: Pixelado
  • La computación cuántica usa cúbits, superposición y entrelazamiento para abordar problemas que superan las capacidades prácticas de los ordenadores clásicos.
  • Existen múltiples tecnologías de cúbits (iones atrapados, superconductores, fotónicos, átomos neutros, recocido cuántico) y todas afrontan el reto de la decoherencia y el control preciso.
  • Las aplicaciones clave abarcan simulación química, optimización logística y financiera, inteligencia artificial, modelización climática y criptografía.
  • El sector está en la era NISQ, con fuerte crecimiento previsto en empleo y formación, y una transición hacia criptografía poscuántica y nuevas profesiones cuánticas.

Ilustración de computación cuántica

La computación cuántica se ha convertido en uno de esos temas que suenan por todas partes, pero que pocas personas sienten que dominen de verdad. No es solo una moda tecnológica: hablamos de un cambio profundo en la forma de procesar información, con implicaciones enormes en campos tan distintos como la medicina, las finanzas, la logística o la ciberseguridad.

Lo interesante es que, aunque todavía estamos en una fase temprana, ya se vislumbra cómo estos ordenadores cuánticos pueden abordar problemas imposibles para los superordenadores actuales, o que al menos les llevarían miles de años. Entender bien en qué consiste, qué la diferencia de la informática clásica, qué aplicaciones reales tiene hoy y qué retos quedan por resolver es clave para cualquiera que quiera situarse en el mapa tecnológico de los próximos años.

Qué es la computación cuántica

Concepto de ordenador cuántico

La computación cuántica es un enfoque de la informática que utiliza las leyes de la mecánica cuántica para realizar cálculos y procesar información de una forma radicalmente distinta a la de los ordenadores clásicos. Mientras que la informática tradicional se apoya en bits que solo pueden valer 0 o 1, los ordenadores cuánticos trabajan con cúbits, que pueden estar en una combinación de estados al mismo tiempo.

Esta tecnología no pretende sustituir por completo a los ordenadores que usamos hoy, sino complementarlos en problemas muy concretos donde ofrecen una ventaja abrumadora. En muchos casos seguiremos usando máquinas clásicas, pero cuando aparezcan problemas extremadamente complejos -como la simulación detallada de moléculas, ciertas tareas de optimización o el análisis de datos gigantescos- la computación cuántica podrá marcar la diferencia.

Desde el punto de vista científico, la computación cuántica surge porque el mundo microscópico -átomos, electrones, fotones- no se comporta como la realidad que vemos a simple vista. A escala cuántica aparecen fenómenos extraños, como la superposición y el entrelazamiento, que pueden aprovecharse para procesar información de formas que la tecnología clásica simplemente no puede imitar con eficiencia.

Por eso se habla de una «segunda revolución cuántica». La primera llegó el siglo pasado con inventos como el transistor o el láser, que se basan en efectos cuánticos pero se usan de forma más indirecta. Ahora entramos en una etapa en la que se controlan directamente estados cuánticos sutiles para aplicaciones específicas de computación, sensórica y comunicaciones.

Computación cuántica vs computación clásica

Comparación entre ordenadores clásicos y cuánticos

En un ordenador clásico, toda la información se codifica en bits que solo pueden valer 0 o 1. Estos bits se implementan como señales eléctricas encendidas o apagadas, y las operaciones que realizan los procesadores son combinaciones lógicas sobre esos valores. Incluso los superordenadores más potentes siguen esta misma lógica binaria, solo que con muchísimos más procesadores trabajando en paralelo.

En una computadora cuántica la unidad básica es el cúbit o qubit. A diferencia del bit clásico, un cúbit puede permanecer en una superposición de 0 y 1 al mismo tiempo hasta que se mide. Esto significa que un registro con varios cúbits no solo representa una combinación concreta de ceros y unos, sino una mezcla de muchas combinaciones a la vez, lo que abre la puerta al paralelismo masivo.

Para hacerse una idea, un conjunto de tres bits clásicos puede codificar ocho valores posibles, pero solo uno a la vez. Tres cúbits, en cambio, pueden describir simultáneamente las ocho combinaciones. A medida que se aumenta el número de cúbits, la capacidad de representación crece de forma exponencial y un número relativamente pequeño de cúbits puede abarcar estados que un ordenador clásico no podría manejar ni con toda la memoria del planeta.

Eso sí, un ordenador cuántico no es simplemente una «versión más rápida» del clásico. Lo que lo diferencia de verdad es que ejecuta algoritmos de naturaleza completamente distinta. Para muchos problemas no ofrece ventajas claras, e incluso se ha demostrado que hay tareas en las que no puede acelerar los cálculos frente a los métodos clásicos. Su fuerza aparece en ciertas clases de problemas, sobre todo de combinatoria, simulación cuántica y optimización, donde la estructura matemática encaja bien con los recursos cuánticos.

Un buen ejemplo de esta diferencia es el tipo de tarea en la que brillan. Un ordenador clásico puede ordenar sin problemas una base de datos gigantesca de moléculas, pero le cuesta muchísimo simular el comportamiento cuántico de esas moléculas. Un ordenador cuántico, en cambio, puede mimetizar directamente el sistema físico y explorar configuraciones que un superordenador solo podría intentar por fuerza bruta, quedándose bloqueado en cuanto aumenta un poco la complejidad.

Conceptos clave: superposición, entrelazamiento y decoherencia

El comportamiento de los cúbits está gobernado por tres ideas fundamentales de la mecánica cuántica: superposición, entrelazamiento y decoherencia. Estos conceptos son los que permiten que un ordenador cuántico haga cosas que uno clásico no puede, pero también marcan los límites y las dificultades tecnológicas de esta nueva computación.

Superposición significa que una partícula cuántica, como un electrón o un fotón, puede encontrarse en varios estados posibles a la vez hasta que se mide. Trasladado a la informática, un cúbit no es simplemente 0 o 1, sino una combinación de ambos estados. Esta característica hace posible que un procesador cuántico explore muchas posibilidades simultáneamente, lo que se traduce en cálculos masivamente paralelos.

El entrelazamiento cuántico es todavía más sorprendente. Cuando dos o más partículas se entrelazan, sus estados quedan íntimamente correlacionados, de modo que lo que ocurra a una afecta instantáneamente a las otras, aunque estén muy separadas. En computación cuántica, el entrelazamiento permite que los cúbits actúen como un sistema conjunto, aumentando drásticamente la capacidad de procesamiento y dando lugar a algoritmos que no tienen equivalente clásico.

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Por último, la decoherencia cuántica es el gran enemigo. Se trata del proceso por el que un sistema cuántico deja de comportarse de manera «cuántica» y pasa a actuar como un sistema clásico debido a las interacciones con el entorno: fotones, moléculas, campos electromagnéticos… Cualquier ruido o perturbación hace que los estados de superposición se desmoronen y aparecen errores en los cálculos.

Controlar y retrasar la decoherencia es probablemente el desafío tecnológico más importante de la computación cuántica. Se necesitan sistemas de aislamiento extremos, temperaturas cercanas al cero absoluto, blindajes electromagnéticos y técnicas sofisticadas de corrección de errores para mantener los cúbits estables el tiempo suficiente como para ejecutar algoritmos útiles.

Qué es un cúbit y en qué se diferencia de un bit

La palabra cúbit viene de la contracción de los términos ingleses «quantum» y «bit» (qubit). Es la unidad básica de información en la mecánica cuántica y el equivalente cuántico del bit clásico. Mientras un bit representa 0 o 1, un cúbit puede estar en 0, en 1 o en una superposición de ambos valores.

Desde el punto de vista físico, un bit clásico suele implementarse como una señal electrónica encendida o apagada; por ejemplo, la presencia o ausencia de corriente en un transistor. Un cúbit, en cambio, se implementa usando estados cuánticos de sistemas físicos: niveles de energía de un átomo, polarización de un fotón, corrientes en un circuito superconductor, etc. La clave es que esos sistemas se puedan preparar, manipular y medir con precisión.

La verdadera potencia de los cúbits se ve cuando empezamos a acumularlos. Con suficientes cúbits, un ordenador cuántico puede procesar cantidades descomunales de información en paralelo. Por poner un número orientativo, 500 cúbits podrían representar información que exigiría más de 2^500 bits clásicos, una cifra tan enorme que resulta imposible de manejar para cualquier superordenador actual.

Todo esto no significa que un ordenador cuántico «calcule todo de golpe y listo», sino que su espacio de estados es muchísimo más rico. Mediante algoritmos bien diseñados, esa riqueza se explota para que la evolución cuántica favorezca las soluciones correctas y cancele las incorrectas mediante interferencia.

Arquitecturas y tipos de procesadores cuánticos

Hoy en día no existe una única forma ganadora de construir un ordenador cuántico tolerante a fallos. Distintas empresas y centros de investigación exploran tecnologías de cúbits muy diferentes, cada una con sus ventajas y limitaciones. Algunas de las principales son las siguientes.

Procesadores de iones atrapados basados en puertas

En esta arquitectura, los cúbits se implementan usando estados electrónicos de iones, es decir, átomos cargados. Estos iones se mantienen suspendidos en el vacío dentro de una trampa microfabricada gracias a campos electromagnéticos. Para realizar operaciones lógicas cuánticas (las llamadas «puertas cuánticas») se usan haces de láser que modifican el estado de los iones.

Una de las ventajas de los cúbits de iones atrapados es que se basan en átomos de la naturaleza, con propiedades bien conocidas y muy reproducibles. Esto permite altos niveles de fidelidad en las operaciones, aunque el escalado a muchos cúbits plantea problemas técnicos importantes, como el control simultáneo de muchos iones y la gestión de sus interacciones.

Procesadores superconductores basados en puertas

La computación cuántica superconductora se apoya en circuitos electrónicos fabricados con materiales que, a temperaturas muy bajas, presentan resistencia eléctrica prácticamente nula y expulsan los campos magnéticos del interior. En estas condiciones, ciertas configuraciones de corriente pueden comportarse como cúbits.

Los cúbits superconductores se diseñan con circuitos que operan a temperaturas criogénicas, a menudo a milésimas de grado por encima del cero absoluto. La gran ventaja de esta tecnología es que se integra bien con técnicas de fabricación de la industria electrónica, lo que facilita construir chips con decenas o centenares de cúbits y experimentar con arquitecturas de circuitos complejas.

Procesadores fotónicos

En los ordenadores cuánticos fotónicos la información se codifica en propiedades de la luz, como la fase o la amplitud de pulsos de fotones comprimidos. En lugar de trabajar con cúbits discretos, a menudo se usan variables continuas (posición, momento, modos ópticos), que se comportan como análogos cuánticos de los bits.

Estos procesadores manipulan la luz mediante interferómetros, divisores de haz y otros componentes ópticos para implementar los circuitos cuánticos. Una posible ventaja de la computación fotónica es que los fotones interactúan poco con el entorno, lo que reduce parte de los problemas de decoherencia, aunque plantea otros retos como la generación y detección precisa de estados de luz cuántica.

Procesadores de átomos neutros y átomos de Rydberg

Una alternativa cercana a los iones atrapados es utilizar átomos neutros confinados mediante luz, en lugar de campos electromagnéticos. Estos átomos se mantienen en matrices ópticas -una especie de red de trampas generadas por láseres- y funcionan como cúbits individuales incluso a temperaturas más cercanas a la ambiente.

En este contexto destacan los átomos de Rydberg, que son átomos excitados con uno o más electrones muy alejados del núcleo. Estos estados tienen propiedades extremas: responden con mucha intensidad a campos eléctricos y magnéticos y presentan interacciones fuertes y ajustables entre átomos. Como cúbits, los átomos de Rydberg permiten implementar puertas de dos cúbits muy potentes y con un grado alto de control.

Temple cuántico (recocido cuántico)

El llamado temple cuántico o recocido cuántico (quantum annealing) es otra forma de computación que no utiliza tanto el modelo de puertas lógicas secuenciales, sino un proceso físico de relajación hacia el estado de mínima energía de un sistema. La idea es preparar un conjunto de cúbits en un estado inicial sencillo y luego deformar poco a poco su paisaje energético para que refleje el problema que queremos resolver.

Si todo va bien, el sistema cuántico acaba en un estado de energía muy baja que codifica la solución óptima o casi óptima de un problema de optimización complejo. La ventaja del recocido cuántico es que permite manejar un número de cúbits mayor que los sistemas basados en puertas, aunque su campo de aplicación es más restringido y está especializado en ciertos tipos de problemas combinatorios.

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Componentes de un ordenador cuántico moderno

Un ordenador cuántico real es mucho más que un chip con cúbits. Para que funcione se necesita toda una infraestructura de aislamiento, control y medida diseñada para proteger los estados cuánticos y, al mismo tiempo, manipularlos con precisión.

En el corazón de la máquina se encuentra el plano de datos cuánticos, donde reside el procesador cuántico propiamente dicho. Es el lugar donde viven los cúbits y donde tienen lugar las operaciones cuánticas básicas. Aquí es donde importa la tecnología específica: superconductores, iones atrapados, fotones, átomos neutros, etc.

Alrededor de este núcleo se despliega un conjunto de sistemas de aislamiento y control ambiental. Para mantener la coherencia cuántica se emplean refrigeradores de dilución con helio líquido que llevan la temperatura a niveles extremadísimos, sistemas de alto vacío que evitan colisiones con moléculas de aire y blindajes electromagnéticos que protegen frente a campos externos.

Otro bloque esencial es el plano de control y medida. Aquí se convierten señales digitales clásicas en señales analógicas precisas (por ejemplo, microondas o pulsos de láser) que actúan sobre los cúbits, se sincronizan las puertas cuánticas y se registran las mediciones. Todo este control está coordinado por procesadores clásicos que programan y ejecutan los algoritmos cuánticos, ajustan los parámetros del hardware y realizan cálculos auxiliares.

Finalmente, un ordenador cuántico requiere una infraestructura de soporte físico: cables y conectores coaxiales para transportar señales de alta frecuencia hasta los cúbits sin introducir demasiado ruido, tuberías para los refrigerantes criogénicos y sistemas electrónicos adicionales para supervisar el estado de la máquina. A diferencia de un PC convencional, no encontraremos memoria RAM, disco duro ni tarjeta gráfica en el sentido tradicional; todo está optimizado en torno a la conservación y manipulación de estados cuánticos.

Para qué sirve la computación cuántica: aplicaciones actuales y futuras

La gran promesa de la computación cuántica es su capacidad para acelerar la resolución de problemas extremadamente complejos que hoy se afrontan con muchas dificultades. No se trata tanto de abrir el navegador más rápido, sino de abordar retos que impulsan industrias enteras y avances científicos.

Uno de los campos estrella es la simulación química y de materiales. Comprender con detalle cómo se comportan las moléculas requiere tener en cuenta interacciones cuánticas entre electrones, algo que los ordenadores clásicos solo pueden aproximar y, aun así, con enormes costes de cálculo. Los ordenadores cuánticos, al compartir la misma naturaleza que los sistemas atómicos, pueden imitar directamente esas interacciones y permitir el diseño de nuevos materiales, catalizadores o fármacos de forma mucho más rápida.

En logística y transporte, la computación cuántica se orienta a problemas de optimización de rutas y recursos. Empresas y administraciones pueden usar algoritmos cuánticos o híbridos (cuántico-clásicos) para gestionar flotas, programar redes de transporte o planificar producciones complejas. Un ejemplo ilustrativo es el proyecto MOZART en el Puerto de Hamburgo, que se apoyó en herramientas cuánticas para organizar el tráfico diario de decenas de miles de camiones.

El sector financiero también explora esta tecnología para tareas como la simulación de mercados, análisis de riesgos y optimización de carteras. La capacidad de manejar muchas configuraciones posibles al mismo tiempo resulta especialmente atractiva para modelar escenarios de crisis, valorar derivados complejos o gestionar grandes volúmenes de datos históricos.

Otra aplicación importante es la modelización climática y ambiental. Los sistemas meteorológicos y climáticos son tremendamente complejos y dependen de multitud de variables acopladas. La computación cuántica promete mejorar la precisión y la rapidez de los modelos, lo que ayudaría a anticipar fenómenos extremos, planificar infraestructuras críticas y diseñar políticas de adaptación al cambio climático más sólidas.

En el ámbito de la inteligencia artificial, ya se habla de inteligencia artificial cuántica. La idea es combinar algoritmos de aprendizaje automático con procesadores cuánticos para entrenar modelos más potentes o reducir de forma drástica el consumo energético asociado a tareas de IA intensivas. Incluso si solo se igualaran las capacidades de las redes neuronales profundas actuales, hacerlo con un gasto energético mucho menor ya sería un avance enorme.

Criptografía, seguridad y comunicaciones cuánticas

Si la computación cuántica sigue el ritmo previsto, uno de los impactos más profundos se dará en la criptografía y la ciberseguridad. Muchos de los sistemas de cifrado que usamos hoy -como RSA, basado en la factorización de números grandes- podrían quedar comprometidos cuando existan ordenadores cuánticos lo bastante potentes para ejecutar ciertos algoritmos cuánticos de ruptura.

Esto ha desencadenado una carrera para desarrollar e implantar criptografía poscuántica: algoritmos de seguridad diseñados desde el principio para resistir ataques de futuros ordenadores cuánticos. Organismos internacionales, gobiernos y empresas trabajan ya en estandarizar nuevos esquemas de firma digital y cifrado que puedan sustituir a los actuales con suficiente antelación.

Al mismo tiempo, la propia mecánica cuántica ofrece herramientas de seguridad muy potentes. La distribución cuántica de claves (QKD) permite enviar claves criptográficas a través de canales cuánticos aprovechando el teorema de no clonación, que indica que no se puede copiar un estado cuántico desconocido sin alterarlo. Cualquier intento de espionaje deja huellas detectables en el sistema.

La QKD y las comunicaciones cuánticas en general tienen aplicaciones en la protección de infraestructuras críticas, como redes eléctricas, sistemas financieros o comunicaciones gubernamentales. La idea es construir redes donde cualquier intrusión resulte detectable y no se pueda leer información sin destruirla antes de descifrarla, lo que obliga a los atacantes a delatarse.

Sensórica cuántica y otras tecnologías relacionadas

Más allá de los ordenadores, la segunda revolución cuántica incluye un amplio abanico de tecnologías cuánticas con aplicaciones muy concretas. Una de las áreas más prometedoras es la sensórica cuántica, donde se aprovecha la extrema sensibilidad de los sistemas cuánticos para medir magnitudes físicas con una precisión sin precedentes.

Entre los dispositivos emblemáticos están los relojes atómicos, esenciales para los sistemas de posicionamiento global (GPS), capaces de medir el tiempo con una exactitud extraordinaria. También encontramos magnetómetros cuánticos, que detectan campos magnéticos muy débiles; gravímetros cuánticos, que registran variaciones minúsculas en el campo gravitatorio terrestre; y sensores de campo eléctrico cuánticos, útiles incluso para ciertas técnicas de diagnóstico médico.

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Estas herramientas no solo sirven para hacer física fundamental, sino que tienen un alto potencial industrial: exploración geológica, navegación de alta precisión, monitorización de infraestructuras o diseño de nuevos procesos industriales. En paralelo, la metrología cuántica está redefiniendo cómo se miden y se estandarizan magnitudes básicas en ciencia y tecnología.

Estado actual: era NISQ y supremacía cuántica

En la actualidad nos movemos en lo que se conoce como era NISQ (Noisy Intermediate-Scale Quantum). Esto significa que ya existen prototipos de ordenadores cuánticos con decenas o centenares de cúbits, pero son ruidosos, poco estables y todavía no han alcanzado el punto de poder ejecutar algoritmos generales sin errores a gran escala.

Un hito mediático importante llegó cuando el procesador cuántico Sycamore, de Google, realizó en unos 200 segundos una tarea muy especializada: muestrear la salida de un circuito cuántico aleatorio de cierto tamaño un millón de veces. Se estimó que el superordenador clásico más rápido del mundo habría tardado miles de años en reproducir ese cálculo, lo que llevó a hablar de «supremacía cuántica».

Con el tiempo se han ido mejorando los algoritmos y los métodos clásicos, reduciendo parte de esa ventaja en el problema concreto. Aun así, hay consenso en que, al escalar este tipo de tareas, la aproximación cuántica mantiene una ventaja contundente. Para evitar malentendidos, hoy muchos expertos prefieren hablar de «ventaja cuántica» en lugar de supremacía, subrayando que se trata de superioridad en tareas específicas, no de una máquina mágica que todo lo hace mejor.

Durante esta era NISQ se espera que los prototipos cuánticos ofrezcan modestos beneficios en clases de problemas concretos, sobre todo en optimización, análisis de riesgos y algunos escenarios industriales o financieros. Un factor especialmente atractivo es que, en principio, el consumo energético de la computación cuántica podría ser mucho menor que el de los superordenadores clásicos para tareas equivalentes, algo muy relevante en un mundo donde el coste energético de la IA y del cómputo masivo empieza a ser un cuello de botella.

Mercado laboral y formación en computación cuántica

El crecimiento del ecosistema cuántico está generando una demanda de perfiles cualificados que el sistema educativo actual aún no cubre del todo. Diversos análisis estiman que en los próximos años el mercado de tecnologías cuánticas moverá miles de millones de euros y que los puestos de trabajo relacionados podrían crecer de forma exponencial, llegando a cientos de miles de empleos hacia 2040.

Ahora mismo no existen, de forma generalizada, grados universitarios específicos en computación cuántica, pero sí disciplinas muy afines. Para quien quiera entrar en este campo son especialmente útiles los estudios de física, matemáticas, ingeniería informática, ingeniería electrónica y combinaciones como física o matemáticas computacionales. Otras áreas como la nanociencia y la nanotecnología también guardan una estrecha relación con el hardware cuántico.

Estos grados proporcionan los fundamentos necesarios para especializarse después en hardware, software y algoritmos cuánticos, así como en la integración de tecnologías cuánticas en procesos industriales, sistemas de comunicaciones o aplicaciones de inteligencia artificial. Sobre esta base, muchas universidades ofrecen ya másteres específicos en tecnologías cuánticas, que abarcan desde el diseño de procesadores hasta el desarrollo de aplicaciones.

Tras un máster enfocado se puede orientar la carrera tanto a la investigación académica -universidades, centros de física, laboratorios de supercomputación- como al ámbito empresarial, que cada vez invierte más en grupos cuánticos internos. Grandes corporaciones tecnológicas como IBM, Google o Microsoft, así como empresas de sectores como la banca, la energía o la logística, buscan perfiles con conocimientos cuánticos para explorar ventajas competitivas.

Además, existe una amplia oferta de formación continua online. Grandes empresas tecnológicas proporcionan cursos introductorios y acceso a ordenadores cuánticos en la nube para experimentar. Universidades de prestigio internacional, como el MIT y muchas otras, organizan cursos en línea sobre fundamentos y aplicaciones prácticas de la computación cuántica, accesibles para estudiantes y profesionales que quieran reorientar su carrera sin pasar necesariamente por un máster completo.

El futuro de la computación cuántica

Mirando hacia los próximos años, la computación cuántica se perfila como una revolución tecnológica gradual más que como un salto instantáneo. Organismos como la ONU han puesto el foco en estas tecnologías, declarando 2025 como Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuántica gracias a iniciativas como Quantum 2025, respaldadas por centenares de organizaciones en todo el mundo.

Se espera que en la próxima década se consolide la ingeniería cuántica como nueva disciplina académica, que se integren conceptos cuánticos en los planes educativos y que miles de ordenadores cuánticos estén operativos, muchos de ellos accesibles a través de la nube. El objetivo es alcanzar la llamada ventaja cuántica generalizada, donde los ordenadores cuánticos superen de forma clara a los clásicos en un abanico amplio de aplicaciones.

Para llevar a cabo cálculos cuánticos de gran escala y tolerantes a errores serán necesarios entre cien mil y un millón de cúbits lógicos, muy por encima de lo que se dispone hoy. Compañías como Google trabajan ya en proyectos para construir ordenadores cuánticos con un millón de cúbits físicos, junto con sofisticados códigos de corrección de errores que permitan obtener cúbits lógicos de alta calidad.

Si se superan los retos pendientes, se prevén avances significativos en criptografía (y su sustitución por esquemas poscuánticos), industria y logística (resolución más eficiente de problemas de optimización combinatoria), química e industria farmacéutica (diseño rápido de fármacos y materiales), inteligencia artificial (algoritmos más eficientes energéticamente) e incluso campos como la física nuclear o la fusión, donde la simulación detallada de procesos complejos es clave.

Aunque todavía falta camino, el consenso entre muchos expertos es que la computación cuántica no es una varita mágica capaz de resolverlo todo, pero sí una herramienta radicalmente nueva que, en manos de científicos, ingenieros y empresas bien formadas, permitirá afrontar problemas que hoy resultan inabordables o excesivamente costosos, y que obligará a replantear pilares básicos como la seguridad de la información y el diseño de tecnologías avanzadas.

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